Aún desde pequeño me sentía atraído en ayudar al prójimo. Experimentaba un compromiso muy grande, una necesidad de poder estar en los lugares donde siento que puedo hacer algún aporte o involucrarme en alguna causa que beneficie a otros.

“Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de
amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y
sirviéndoles aún.” Hebreos 6:10
Cuando vivimos la vida de esta
manera nos acercamos al modelo de Jesús, a como Él aprovechó cada momento que
estuvo en la tierra para servir a otros y entregar aquello que tenía en su
corazón, un amor y una sabiduría a toda prueba. Pero también ocurre que en
medio de esta cruzada por vivir la vida de acuerdo al modelo de Jesús nos damos
cuenta que no alcanzamos a cubrir todo lo que quisiéramos, que no podemos
ayudar cuanto quisiéramos y que hacemos la cosas lo mejor que podemos con lo
que tenemos, pero que no es suficiente.

“Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no
esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del
Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos.” Lucas 6:35
En el momento en que abrimos
nuestros ojos ante el mundo real nos damos cuenta que no es suficiente lo que
hacemos y eso nos produce frustración y desánimo, sobretodo a quienes somos más
exigentes con nosotros mismos, lo que termina desilusionándonos y mecanizando
lo que hacemos.
Es cierto, cuando no alcanzamos a hacer las cosas que quisiéramos, o no podemos ayudar a todas las personas que quisiéramos, estamos quitándole el trabajo al Señor, quien es supremo por excelencia. Es como que tengo que entender que yo sólo soy su ayudante y que Él es el artífice de todo. No depende de mí, depende de Él.

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a
los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” 1 Pedro 4:10
Si hay algo que debemos aceptar, es que nunca podremos ayudar a todas las personas que quisiéramos, tampoco podremos tocar todas las vidas que queremos, porque no lo hacemos nosotros, lo hace Dios. Y aún así, Jesús nunca se afanó porque hubo lugares que no alcanzó a visitar, Él tuvo que escoger dónde ir, a quién hablarle y en qué momento.

" Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe." Gálatas 6:10
Nosotros podemos hacer nuestra parte, Dios se encargará de todo aquello para lo cual nuestro cuerpo, tiempo y vida no nos alcanza. No dejemos de hacer lo que más podamos, pero no nos frustremos porque es menos de lo que quisiéramos, no se puede ayudar a todo el mundo y no se puede estar en todos lados a la vez, por eso ante la posibilidad de hacer una diferencia en la vida de al menos una persona, tomémonoslo como la tarea y cruzada más grande que tenemos que hacer y así estaremos contribuyendo en esta gran tarea que Dios comenzó y que Él mismo terminará.